lunes, 14 de noviembre de 2016

Elle de Verhoeven film asquerosamente biempensante

Hace poco colgué un comentario I, Daniel Blake, el último film de Loach y voy a empezar esta crítica de Elle (Verhoeven, 2016) evocándolo.
Elle es visualmente más poderoso que I, Daniel Blake. Y su puesta en escena más potente y refinada. Elle, a pesar de evidentes errores en la temporalidad, es una película muy bien realizada y más “brillante” que I, Daniel Blake.
Ya sabemos que el cine de Hollywood (de Hollywood, esté rodado donde esté rodado) es una excelente maquinaria que cuenta con elencos de profesionales de primera magnitud. Una maquinaria muy perfeccionada y de funcionamiento impecable en el manejo de las claves que fabrican sobresaltos, impresiones y emociones. Tanto, que esos films pueden afectarnos saltándose a la torera los valores que racionalmente sustentamos. Tanto, que pueden bloquear la capacidad crítica ante lo que nos muestran.
¿Pero por qué evoco I, Daniel Blake junto a Elle? Porque ambos films me parecen respectivamente muy ilustrativos de dos maneras de entender el cine.
Loach cree en el cine mientras que Verhoeven solo juega con él.
Hasta en el cartel se nota el cartón-piedra


La manera de Loach radica -como dije en la entrada que dediqué a I, Daniel Blake- en tomarse en cine en serio, en creer que es una herramienta para confrontarse con el mundo, analizarlo, vivirlo más allá de nuestra limitada experiencia personal, tomar posición respecto a él.
La manera de Verhoeven es la de buscar entretenimiento.
Yo no me opongo al entretenimiento, ni mucho menos. Creo que en esta vida también es esencial entretenerse.  Divertirse, distraerse son, no solo necesidades, sino también modos esenciales de conocimiento. Herramientas imprescindibles para poder seguir adelante, para pensar que la vida vale la pena y para tener ilusiones y esperanzas. Hay momentos en los que es preciso obnubilarse, olvidar, borrar durante un rato la conciencia, aligerar el peso…
De modo que sí, que no tengo nada contra las pelis, las series, los artilugios de feria, las verbenas, las parrandas o cualquier opción real o ficcional que busque, como primera opción, la diversión, el recreo (digo primera porque las opciones nunca son puras sino que suelen sobreponerse y, como es bien sabido, un film de humor, por ejemplo, puede ser crítico o conservador).
Al entretenimiento solo le pongo dos objeciones:
1.    La búsqueda de la evasión no debe constituirse en el único y asfixiante objetivo de ninguna vida humana. La gente que solo quiere escapar, atontarse, drogarse, vivir en un eterno ju-jú, ji-jí, me parece que tienen un serio problema. Al igual que lo tienen los niños que se balancean compulsivamente  durante horas, al igual que lo tienen quienes no pueden vivir ni un segundo sin tener los ojos clavados en una pantalla.
2.    Las formas de entretenimiento han de ser variadas. Cultivar esa variedad es importante tanto personal como socialmente. Lo único rechazable es cuando el entretenimiento fomenta lo más bajo, ruin y atroz que hay nosotros. Por ejemplo y visto desde hoy, creo que estaremos de acuerdo en que ir al circo romano a ver como se despedazan gladiadores entre sí no es de recibo como diversión.
Y esto último es lo que le reprocho a Elle: que su diversión se construya sobre las propuestas más misóginas y patriarcales del catálogo disponible.

Qué público se busca y qué se le da.
Los films Verhoeven no se dirigen (ni lo pretenden) exactamente al mismo público que Captain America: Civil war, Kung Fu Panda o Titanic, por ejemplo. Aunque, claro está, ese público incluya franjas compatibles o comunes. Así, muchos de los espectadores que apreciaron Titanic, pueden apreciar Elle. Cuando ven Titanic ponen sus expectativas en el modo “romántico-meloso-social” y cuando ve Elle las ponen en el modo “quéiconoclasta-quéfuerte-quéanticonvenional”.
Ciertamente todas las creaciones buscan su nicho de mercado. Nada reprochable en ello. La cuestión es si persiguen algo más que vender y qué persiguen. De Verhoeven me desagrada que solo le guie el afán mercantilista y me desagrada profundamente que, en pro de ese objetivo, apele y utilice contenidos y manipulaciones hondamente patriarcales y reaccionarias.
Veroheven filma para un público que exige cierto nivel de complejidad narrativa, espectadores que no se conforman con ver peleas, explosiones o puñetazos, que desean un relato con barniz de sofisticación y rebuscamiento. ¿A base de qué atrae a ese público? Veroheven busca atraerlo dejándolo con la boca abierta. Busca impresionarlo, no a base de porrazos, persecuciones y combates sino a base de “transgresiones” (lo pongo entre comillas, luego diré por qué), sofisticación, cinismo, “no respeto de las normas morales” (y el “no respeto” también lo pongo entrecomillas). Busca construir una historia que escandalice (un poco, claro, sin pasarse) y parezca “fuerte” y rompedora.
El argumento
No he leído la novela (Oh! de Philippe Djian) en la que se basa la película, de modo que no sé hasta qué punto Elle se limita a adaptarla al cine o si, por el contrario, a partir de ciertos temas, el guion inventa, adorna, añade y lleva al extremo. Tanto si estamos en el primer caso como el en segundo, como soy novelera y peliculera, me imagino a Verhoeven y su guionista, David Birke, rebuscando “anormalidades” que contar:
-A ver ¿qué perversiones, desenfrenos y depravaciones podemos meter en esta peli?
-Venga, una señora a la que le encantan que la violen.
-Pero la violación es algo trilladísimo, sabido y normalizado… Y lo mismo te digo con las señoras a las que les gusta ser violadas: súper manido ya. Todos hemos crecido oyendo chistes de monjas y de viejas haciendo cola con la esperanza de ser violadas. Y hemos visto muchas pelis* en las que, de las más diversas maneras, se banaliza e incluso se ensalza la violación. O sea, eso solo no sirve, hay que echarle picante.
-Venga, añadamos un plus de originalidad: esa señora disfruta recibiendo palizas brutales mientras es violada.
-Sí, no está mal, pero necesitamos algo más. Tenemos que propiciar el desconcierto de los espectadores, sorprenderlos, caramba.
-Salpimentemos, pues, con gotitas de morbo suplementario: fabriquemos un personaje de mujer que en el terreno sexual busca que le den caña, pero que, en los demás aspectos de su vida, va “sobrada” y no parece tener miedo de nada. No vamos a mostrar una pobre tía indefensa, apocada, asustada, autodesvalorizada, blandengue. Menuda tontería… Vamos a mostrar una empresaria de mano férrea, dura, implacable e incluso bastante víbora con sus empleados a quienes, además, les insiste para que no se "corten" y utilicen fondo todo el morbo-violento-sexi que puedan.
-Qué estupendo! Creemos, pues, un personaje que en la vida pública va de jefa, va de poderosa, va de fuerte, pero, en el fondo, en lo  más íntimo, no deja de ser “mujer, mujer” y disfruta con lo que siempre han disfrutado las mujeres (aunque de boquilla para afuera se quejen, azuzadas por las pérfidas feministas, todo hay que decirlo): sumisión y maltrato y el encuentro con hombres que las pongan en su sitio”.
Y, en efecto, la película muestra una protagonista que no busca placer en el terreno sexual, no. O dicho de otra manera, su “placer” consiste en ser vilipendiada, abusada e incluso golpeada. La violación con paliza incluida es el top, pero no lo único: también se la ve obedeciendo a un tipo que la llama “vielle peau”, o sea vieja ajada, al tiempo que le pide que lo masturbe. Ella lo hace sin rechistar y sin luego decirle: “Venga, viejo fofo, ahora te toca a ti chuparme el coño hasta que yo te diga que pares”.
Y también vemos como, en otra escena, el amante se la folla en plan “martillo pilón”, sin que ella le diga: “Tío, yo también quiero enterarme de algo, que no soy solo un agujero”. De modo que sí: decididamente el placer de esta mujer es que los hombres la usen y la abusen.
Una vez que han armado el núcleo central de la historia, imagino que Verhoeven y David Birke siguen buscando más leña y más perfidias:
-“Lo completamos con un padre asesino brutal y sanguinolento que un buen día, sin justificación alguna, despedaza a 27 personas.
-Y le añadimos una madre pirada y rara.
-Venga, vale. Y le añadimos, además, un hijo que no se entera ni de lo evidente y cuya pavisosería da risa. Así queda claro que, o bien dominas a las mujeres, o bien ellas te las meten dobladas, por tonto.
-Vale. Y al vecino le añadimos una mujer aparentemente beata y pueril pero que no lo es tanto pues está al corriente de las perversiones de su marido.
-¡Qué bien! Estupendo, nos está saliendo estupendo. Los espectadores se van a quedar con la boca abierta y babeando ante tanto atrevimiento, tanta inmoralidad, tanto cinismo, tanto anticonvenionalismo”. 
Y así sucesivamente hasta que llenan el film con una colección de monstruosidades dignas del mayor encomio.
Más difícil -y sobre todo más rarito- todavía
¿Explicaciones? Ninguna ni falta que hacen. Lo de justificar comportamientos, por extraños que sean, no es guay. Queda antiguo y rancio. Lo in es no justificar, ni siquiera intentarlo.
Además, a los críticos de cine y a los papanatas les encantan ese procedimiento de “no-explicación”. Recordad cómo deliraban con Jeune et Jolie (Ozón, 2014): una chica monísima, de familia estructurada, buena estudiante y sin necesidades económicas, que se prostituye porque sí. Y todo el mundo salivando ante el “porque sí”…
Entendedme, no estoy diciendo que los comportamientos humanos tengan una dilucidación evidente, sencilla y lineal. Ni mucho menos. Somos seres complejos, a veces muy turbios, cuyas conductas pueden escapar a cualquier intento de esclarecimiento racional. Los pozos negros que nos habitan no son explicables de forma mecanicista, al modo “causa-efecto”.
Pero la perversión ha de ser “perversa”, valga la redundancia. No basta con acumular una serie de barbaries ni con hacer que no se entienda ni se entrevea a qué locura corresponden, ni qué destrozos interiores habitan a ese personaje que así se manifiesta.
Es decir, para que tengan un verdadero interés, las atrocidades han de reflejar las flores carnívoras que realmente nos habitan.
Y ahí reside el foso que separa los films realmente turbios e inquietantes de Michael Haneke, por ejemplo, tales como Código desconocido, Caché, La Pianista, La cinta blanca de esta cosa circense de “más monstruoso todavía”, o sea, de Elle. Y si pensamos concretamente en La Pianista, lo que intento explicar queda meridianamente claro. Así, no basta con “soltar” -como se hace en el film de Verhoeven- que Michèle, la protagonista, tiene un padre asesino, porque nos quedamos igual. Preguntándonos ¿y? Mientras que en La Pianista sí entendemos el rol de la madre en la locura de su hija. “Entendemos” no significa, vuelvo a repetir, que la figura de esa madre nos dé una explicación plana, que justifique ni revele al personaje, ni menos aún que esa explicación tenga pretensiones de ser “LA explicación”. Justamente y por el contrario, la película deja entrever un proceloso y complejo “mar de fondo”. No podemos abarcarlo, ni contemplarlo, solo percibirlo, solo intuirlo, pero, sí, sabemos que está ahí y podemos ligarlo a nuestra vida aunque en nuestra vida y nuestro entorno no haya un caso similar. Estamos ante una película que levanta una puntita de la alfombra de nuestra complejidad humana.
Con Elle eso no pasa. Todo es impostado y por eso no nos afecta. Y me podéis decir que es mi opinión y nada más que mi opinión. Bueno, no sé, invito a quien me lea a escrutar sus propios sentimientos y emociones mientras veía ambas películas. La de Haneke nos sumerge en el desasosiego, la inquietud, la angustia, la desestabilización… La de Elle, no creo. Elle nos sobresalta (sobre todo en la primera escena) por lo inesperado, o sea con el viejo truco del bombazo: “Estás tumbado en un prado apacible y de pronto, sin previo aviso, te cae un piano y te aplasta”. Y luego, por el miedo a que el ataque se repita, claro. Pero eso, ese miedo, viene de fuera. No pertenece a la angustia que llevamos dentro. Sentimos lo mismo que podemos sentir en cualquier peli de terror o de asesinos solo que aquí ligado a la violencia sexual. No es turbio lo que vemos, es simplemente violento.
Elle no tiene nada que ver con La pianista. La pianista siembra zozobra, nos coloca junto a un abismo del que no tenemos el control ni las claves.
Elle sobresalta, pero no plantea dudas ni preocupación. No modifica ni un pelo el lugar en el mundo de los espectadores.
El universo de Verhoeven está a años luz del de Haneke y tiene mucho más que ver con el universo de Tarantino.
La pianista

¿Solo entretenimiento?

¿Son formas o no solo? No solo, no. Quizá haya distracciones que no tengan nada que ver (o apenas tengan que ver) con nuestro mundo social, que no procedan de él y no establezcan conexiones. Pero, si son narrativas, es prácticamente imposible que no se den tales trabazones. Lo que varía es con qué universo simbólico conecta, qué imaginario potencia y eso es lo que me irrita -y muchísimo- de Elle: la salvaje propaganda misógina, la prédica de los supuestos patriarcales más agresivos, por ejemplo, estos tres:
1.    La igualdad de las mujeres se concreta en que cuando tienen poder, pueden ser tan cabronas y atroces como cualquier hombre. Seguramente peores (recordemos la pareja Obama/Clinton, ella mucho peor).
2.    Pero, las mujeres, en su ser profundo, no dejan ser hembras. O sea, seres que necesitan un macho que las someta. E incluso que las someta de forma violenta y brutal. A las mujeres les encanta que les den caña.
3.    Si eres varón pero eres débil y no marcas territorio sino que  te dejas mangonear por una mujer -como le ocurre al hijo de Michèle- ella va a abusar de ti y serás el hazmerreír. 

Elle no cuestiona nada, al revés: refuerza lo que hay. No es subversiva, ni iconoclasta, ni feroz. Es biempensante, disciplinada y obediente.
Elle es una colección de “monstruosidades” que a nada comprometen porque son absolutamente adecuadas a la ideología dominante. Por eso escribí “transgresiones” entre comillas, y por eso escribí también entre comillas “no respeto de las normas morales”. Elle no transgrede sino que respeta las normas morales aún imperantes, que son las misóginas.
Y tiene el peligro añadido de que mucha gente picará y se creerá que está ante una película “rompedora”. Exactamente igual que creían que el spot del Salón erótico de Apricots era transgresor, moderno, liberador.
Y no, estamos ante una peli muy conservadora, muy políticamente correcta y que refuerza las prédicas patriarcales.

¿Qué creéis, que en esta sociedad es  más iconoclasta indignarse con propuestas como las de Verhoeven o aplaudirlas con entusiasmo?

*Sobre la violación en el cine: 
http://pilaraguilarcine.blogspot.fr/2014/08/laviolacion-en-el-cine-de-los-anos-90.html#more

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